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n el principio, fue el tres; pero luego también la composición de temas que «pegaban» —y aún siguen gustando— como «El jamaiquino», «Monte adentro», «Carnaval del amor», «Tú y mi música»…
Para el conjunto Casino —legendaria agrupación que dirigía el maestro Espí y cuna de músicos estelares— el Niño Rivera haría arreglos que hoy son considerados —con modestia— como «buenos» según él mismo le dijera al colega Félix Contreras.
Se supo de su amor por el instrumento —según confesó en una entrevista— cuando un familiar lo vio «enredado» con el tres de su tío Nicomedes «con el diapasón grandón, porque yo era muy chiquito». Enterado el tío de marras, sorprende al muchachito escondido dándole uña al tres y le amenazó pararlo esa noche en el ensayo, ante todo el Septeto Caridad donde tocaba.
Total: poco tiempo después los propios músicos aconsejaron al tío Nicomedes dirigir la agrupación y pasar «al niño» como ¡tresero oficial!
Se llamaba Andrés Echeverría, pero la posteridad lo inscribió como el Niño Rivera.
Había nacido en 1919 en la provincia de Pinar del Río —en el extremo occidental de la Isla— en la calle Retiro de la capital provincial, en medio de una famila de tocadores de tres, mandolina, guitarra, bandurria y el acordeón. Y sobre todo, de soneros. Y naturalmente, eso tenía que pesar.
«¡Pero, mira qué niño ese!», solía decir la gente cuando lo veían tocar entre personas mayores.
Más tarde fue el contacto con el movimiento inspirador del «filin» y las actuaciones en la emisora Mil 10, «…cuando nosotros pasábamos las de Caín, caminando toda La Habana a pie, ¡pasando un hambre del carajo!, sin un centavo».
El Niño reconocía que «adelantó» al escuchar mucha música, lo mismo a Duke Ellington que a Benny Goodman, hasta el punto que aún hoy es posible identificarlo por la sonoridad que arrancaba al tres.
Pero en realidad eran dos en tales trances: el Niño Rivera y el tres, un instrumento tan cubano como las maracas y el bongó.
Con forma de guitarra, con tres parejas de cuerdas y su caja de madera, en sus inicios servía de base para una estructura musical basada en la repetición constante de estribillos de cuatro compases —o menos— conocido como el «montuno» y cantado por un coro; sin embargo, con el tiempo alcanzó personalidad y protagonismo propios y hoy es parte del acervo musical nacional.
En Cuba, y quizás en unos cuantos lugares allende los mares, es notoriamente famoso aquel tema cantado por Merceditas Valdés —la pequeña Aché— y basado en unos versos de Nicolás Guillén, que en el estribillo enunciaba: «¡Quirino con su tres!, ¡Qui-ri-no-con-su-tres! ¡Ay..., Qui-ri-noconsu-tres!»
Tal vez Guillén, Poeta Nacional de Cuba, anduvo escuchando la forma de asumir el ritmo de un tres para crear este sencillo apotegma sonoro en su poesía negrista y musical cubana, como homenaje a las raíces.
Y así lo es, tanto y tan bueno, que por estos días de noviembre celebramos en Cuba un encuentro dedicado al tres y al laúd. El primero, parafraseando a lingüistas y filósofos sería, más o menos, como la «envoltura material» del son. El laúd, justo decirlo, ha sido el instrumento por excelencia de la música campesina en esta tierra.
Plectro Habana 2003 se llama el evento y será una fiesta para los treseros que en Cuba hubo, hay y habrá. Y por si fuera poco, un montón de músicos de altos quilates andan ya proponiendo, en donde sea menester, elevar al Tres a la categoría de instrumento nacional.
¿Nombres famosos? Junto al del Niño está el de Arsenio Rodríguez; en la actualidad, Pancho Amat —para no hacer muy larga la lista— tresero mayor, ex integrante del grupo Manguaré y hoy al frente de su propia banda sonera, es uno de los muchos virtuosos que dan fe para tanta devoción.
Pero ahora, desde algún lugar de la eternidad, es muy probable que el niño Rivera, abrazando su tres y con un plectro —o uña— en ristre, se revuelva de impaciencia por sonar desde el paraíso, y que la sonoridad del instrumento, construido, claro, por un luthier celestial, se oiga en Cuba en medio de una arrebatadora pachanga de treseros.
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