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Personajes populares
El bardo de la mujer perjura
Manuel Echevarría Gómez
La vida le jugó una mala pasada en los años tempranos de la adolescencia. Miguel Companioni quedó ciego gracias al desamparo del gobierno de turno que lo privó de mejor suerte al negarle la oportunidad de acudir a la capital. Desde entonces la afición por la música le aguzó los sentidos. Primero fue la armónica, después la guitarra y cuando quiso -con esa vocación indómita y voluntariosa- el piano.
Había nacido el 29 de julio de 1881, pero la fe de bautismo registrada en la parroquia de San Ignacio de Loyola, poblado de Banao, quedó fechada en octubre de ese mismo año, como era costumbre en aquellos tiempos de mal vivir en que la premura para los trámites no podía ser más urgente que otras contingencias impostergables de la vida.
En 1906 compuso su primera canción que tituló La fe, quizás una alusión intuitiva al sueño que trascendía las tinieblas y lo enfrentaba al destino incuestionable del bardo en tierra de trovadores.
En 1912 se enrola en la boga de los grupos de clave que Juan Echemendía trae desde el occidente de la Isla y con él funda el coro de Bayamo. Siete años más tarde ya es el líder indiscutible del coro de Santana y uno de sus más inspirados compositores.
"El coro de Santana casi siempre fue de primera clase, mucho más por su director que fue mi viejo amigo; sus composiciones eran fruto de la inspiración de Miguelito, que muchas veces en forma imprevista, momentánea, extraía de su numen la clave que se cantaría aquella noche". Rafael Gómez, Teofilito.
De esa fecunda inspiración también dejó testimonio el rotativo Hoy cuando refiriéndose a una clave escrita por Companioni y dedicada a Leoncia Renzoli, guía del coro santanero, escribió: "...para ella se compuso la más famosa de las claves, una especie de oratorio profano, de místico reclamo sensualista, en el dejo femenino de sus trémolos, en la profunda pasión popular de su canto". Honorio Muñoz, periodista.
El oído privilegiado le permitió empeñarse en proyectos más audaces y fundó las orquestas Francesa en 1920 y La Argentina en 1921 "para amenizar bailes y fiestas de todos los rangos con una particularidad bien notable: los músicos no sabían leer el pentagrama. Su director, quien tampoco podía hacerlo, les dictaba las notas y las escribían con distintos tipos de letras para indicar la extensión y la amplitud melódica. De esta época se desprende el carácter precursor que se le atribuye al danzón en Sancti Spíritus.
Companioni brilló como compositor en las noches de serenatas, esos eventos instrumentales y vocales integrados por guitarra, violín, flauta y hasta un piano sobre un camión en dependencia del rango del solicitante. De tales encargos surgieron innumerables obras con nombres de mujer que respondían a las exigencias de una vasta clientela: Angelita, Domitila, Elena, Teresa, Fredesvinda, Juana, Obdulia, María, Blanca, Amelia, Herminia...
"Solíamos salir los sábados de serenatas por las calles espirituanas. Se acercaba un amigo o simplemente un enamorado ansioso de llevar los trovadores a la ventana de su amada; le explicaba los motivos que experimentaba, ya fuera arrepentimiento, celos, conquista, y Miguelito se inspiraba inmediatamente. De ahí tantos nombres de mujer en sus canciones". Luis Farías, trovador.
Miguelito fue también un ferviente animador de las agrupaciones trieras. Formó parte de ellas en las noches de serenatas y dirigió hasta su muerte, acaecida el 21 de febrero de 1965, el legendario trío Pensamiento.
Más de 200 piezas acoge el catálogo autoral de Companioni, muchas de ellas instaladas por derecho propio en las páginas antológicas de la trova tradicional cubana de todos los tiempos, pero ninguna de tal pulsión amatoria como Mujer perjura, compuesta en 1918 para que trascendiera fronteras y tiempos, el clásico reproche del bardo herido por la traición que no perDona los desvaríos.
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