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Información del artista:
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Consumo trova con una apetencia casi enfermiza. Nací a mediados de los 60 y crecí oyendo a Silvio, a Pablo, a Serrat. Luego descubrí otras sonoridades que nos llegaron del Norte (Beatles, Maná…) y del Sur: Chico Buarque, Caetano, Violeta, La Negra... ¿Y qué decir de la época de La Colina cuando nos escapábamos de clases para asistir a los conciertos y peñas de Gerardo, Santiaguito, Carlos Varela, Frank Delgado y Polito Ibáñez, y les seguíamos como hormigas hasta “aterrizar” en la Casa del Joven Creador, hoy convertida en Museo del Ron…? Y ni siquiera Afrocuba e Iraquere, en el apogeo de sus buenos años, me hicieron torcer el gusto por las cuerdas y la poesía. De modo que la trova me abrió un espacio no solo para el goce estético, sino para reflexionar sobre un montón de cosas, algunas de las cuales terminaron por cuajar en los delirantes, hermosos e hipercríticos 80.
Y digo esto para que se entienda que lo que algunos llaman trovadicción, en mi caso, ocurrió de modo natural, como suelen aparecer los amores, y solo el tiempo —esa caprichosa madeja que trenza historias, vivencias, emociones…— y una mezcla de intuición y bien entrenado “olfato” me ha permitido detectar lo verdaderamente auténtico de lo superfluo y banal. Porque en la música, como en cualquier esfera de la vida y de la creación, hay de todo.
Y como las cosas en la vida suelen ocurrir sin que una las espere, un buen día, encontré en el patio del Centro Pablo a un par de muchachos: Xóchitl Galán y Rodolfo Hernández (Fito), ambos estudiantes de guitarra de la Escuela Elemental de Música Alejandro García Caturla, acompañando a Ariel Díaz en su concierto; y luego a Rita del Prado y a Martín Rago, El Turco, en \"Canto viajero\"… Al principio no sabía bien quiénes eran aquellos chiquillos que, sin estridencias, lograban emocionar a los más variados públicos con la belleza lírica de sus temas y la bien lograda fusión de flamenco, samba, ritmos cubanos y caribeños.
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